| marcoszorrilla |
27-06-2004 22:31:55 |
Cita:
Con el paso de los días, las visitas que Al hacía a las casas y apartamentos eran cada vez más sistemáticas y con menos fe de encontrar un lugar confortable para vivir. Inspeccionaba cada detalle de las viviendas en busca de algún elemento que le diera la certeza de que no debía mudarse ahí. Negociaba casi para no lograr acuerdo, y cuando le aceptaban su oferta buscaba un pretexto más para decir no nuevamente. Era como si una parte de él estuviese claudicando ante la exhaustiva y desilusionante empresa. Pero en el fondo confiaba en que pronto encontraría un sitio propicio para su futuro hogar. Una corazonada lo llevaba de la mano por el sendero de las puertas, ventanas, escaleras, pisos, cocinas, baños, armarios, muebles, aparatos y barrios, prometiéndole un lugar atractivo a todos sus sentidos y adecuado a sus necesidades. Mientras tanto, Al tenía que superar la maratónica prueba de ser un activo turista en su propia ciudad, marcando con una cruz todas las casas y apartamentos, que como mujeres seducidas por el tamaño de sus pisadas, le decían: «¡te quiero dentro de mí!». De esta forma conoció lugares que bautizó como la escalinata del óxido, la bola de boliche avergonzada, el despacho de la criada, el cuarto ingenioso, la habitación para media persona, el escondite de las púdicas, la cuadra del silencio, la vecindad de horror, la cárcel de paga, el estuche para secretarias, la lavadora voladora, la trinchera con televisor, la puerta imposible y el palacio breve.
Un día tuvo la idea de publicar un aviso en un diario local, para dar a conocer su intención de arrendar una vivienda. Con ello, evitaría el costo de las numerosas llamadas telefónicas que realizaba a diario, y colocaba la balanza de las negociaciones a su favor, ya que una de las cosas aprendidas en su naciente carrera empresarial, fue que al llamar se ruega y al rogar se concede el poder. Echando mano de su ingenio, hizo que el texto del aviso fuera bastante llamativo. El título decía: «Hombre soltero busca», y el contenido: «Busco casa o apartamento en renta para persona seria, responsable y ordenada...». Ya sólo era cuestión de esperar a que se comunicaran con él los dueños y apoderados de fincas en renta. No tardó mucho en descubrir la gran preferencia que tienen los arrendadores por los inquilinos solteros y responsables, debido a que este tipo de personas son los que mantienen en mejor estado las propiedades. Odian a los niños, las mascotas y las fiestas.
Una mañana cálida le llamó por teléfono una mujer de habla sospechosa, para decirle que contaba con un apartamento en renta en una buena zona residencial. Al acudió al lugar un par de horas más tarde. La señora, de unos treinta y ocho años, no muy bien vestida pero con cierto atractivo, lo recibió muy amablemente y lo condujo hasta la segunda planta. Le mostró el apartamento, pero en realidad se trataba de una habitación más de la casa donde ella vivía, junto con una mujer más joven. Lo invitó a sentarse a la mesa ofreciéndole una taza de café. Algo nerviosa, le explicó que ella y su adulta sobrina buscaban personas con las cuales compartir la enorme casa por la que pagaban renta, y así reducir el costo de su alquiler. Estando Al más emocionado que convencido, debido a las fantasías carnales que no tardaron en correr por su mente, la señora lo condujo hasta una habitación donde una bella joven de unos 29 años, sentada frente al espejo con un vestido corto y entallado, terminaba de peinar su cabello con sensual cadencia, para luego ser presentada por su presunta tía y decirle con voz sugestiva al excitado visitante:
—¡Ojalá se quede a vivir con nosotras!
Al contestó hacia sus adentros: «Tal vez no me mude a esta casa, pero si que vendré seguido a saciar todos tus deseos eróticos, preciosa». Dominando el alboroto de sus hormonas, le dijo a la señora que todo estaba muy bien, pero que aquel tipo de morada no era precisamente lo que él buscaba. Alcanzó a notar un ligero gesto de desencanto en aquella mujer de intenciones no muy claras, de quien el libido de Al esperó todo ese tiempo una insinuación certera jamás expresada.
Aún con su aviso en el diario, Al encerraba en círculos aquellos otros que anunciaban propiedades a muy buen precio de arrendamiento. Comprobó más tarde el por qué eran tan económicas. Se trataban de pequeños lugares con escasos elementos de bienestar. Cubos de concreto armados con prisa en la parte posterior de casas hechas sin plan, a los cuales se llegaba caminando entre frágiles tendederos, delatores del sedentarismo de los dueños. Otros eran apartamentos pensados en la talla del hombre promedio, pero construidos sin considerar el enorme espacio que ocupa el aura de los amantes de la libertad. Otros se encontraban en territorios poco estratégicos para una vida personal segura y profesional activa. Otros simplemente ya no resistían el peso de los años, las goteras, los resanes y las capas sobrepuestas de pintura.
En cierta ocasión, una agente de bienes raíces llamada Sara Troncoso, le llamó por teléfono con el propósito de mostrarle una casa de reciente edificación, la cual se encontraba disponible para renta. El inmueble presentaba algunas de las características que Al buscaba. Era amplio, cómodo, seguro y bien distribuido. Pero desafortunadamente, como a un venerable templo de reino antiguo, lo custodiaban cinco guardianes despiadados especialistas en diferentes sistemas de aniquilación. El primero y más evidente, era el ruidoso y pesado tráfico de la Avenida Colegio Militar a unos cuantos metros. El segundo, y quizás el más peligroso, era el acceso a una mina cementera, de donde constantemente salían camiones cargados de un material que empolvaba toda la calle. El tercero y más molesto, eran las canciones a todo volumen en la casa de a lado, de esas que explican por qué los mercaderes de sustancias prohibidas son héroes nacionales. El cuarto y más indignante, era la colérica mascota de otro vecino, la cual por poco vuelve a la moda de los ochentas los pantalones de Al. El quinto y más incierto, era un grupo de maleantes en cuclillas sobre la acera de enfrente, en espera del siguiente gran error de sus vidas. El príncipe del Barrio de Londres prefirió no complicarse la vida con una casa bonita rodeada de tantas amenazas. Comprobó por qué el vecindario es tan importante como la morada misma donde uno va a residir.
Más adelante, le llamó otro intermediario, de esos que nunca tienen tiempo para mostrar una casa a menos que sientan ya su respectiva comisión en el bolsillo. Éste le indicó al caminante de Chihuahua cómo llegar hasta una pequeña residencia, virgen como varias de sus hermanas clones, y perteneciente a uno de los muchos fraccionamientos erigidos sobre el suelo blando de las tierras del norte.
—No se, no se. Casa nueva, barrio tranquilo, renta accesible. Me gustaría verla por dentro —se dijo Al un poco indeciso, tras observar la finca y pasear por sus alrededores.
Acordó ver al apoderado al día siguiente por la tarde, en un lugar cercano a la propiedad en cuestión. Tarde en la que hizo mal tiempo. Bajo el cielo nada más azul, corría con soberbia un viento siberiano que raspaba la piel y entumía la osamenta del más valiente, y que de haber soplado cuatrocientos ochenta años antes sobre Tenochtitlán, hubiera hecho desistir de cualquier pretensión a los conquistadores españoles. Aún era temprano y Al se encontraba ya casi en el suburbio de la casa que le iban a mostrar, viajaba en autobús sobre los primeros kilómetros de la carretera que lleva a Ciudad Juárez. De pronto observó por la ventanilla un rótulo semejante al de una famosa cadena de restaurantes de comida rápida. Bajó de su transporte con la intención de entrar al establecimiento y esperar ahí la llamada prometida del agente, mientras se protegía del aire helado y bebía una reanimante taza de café. Pero para su sorpresa, descubrió que dicho establecimiento era sólo una mugrosa ventanilla por la cual un sujeto despachaba pasteles fríos. Ahí mismo se encontraba un activo supermercado. Un gélido bodegón de abarrotes a donde la gente entraba para congelarse y de paso compraba la sopa de la cena. En contraste, sobre la banqueta, una señora preparaba y vendía pastelillos calientes cuyo vapor atraía a los que ya no aguantaban el temblor de sus huesos. Al observó a sus alrededores y concluyó que aquel extraño carrito de hot cakes, era la cafetería más confortable que encontraría en un radio de cinco kilómetros. Tiritando, se acercó al carrito y pidió un par de esos originales pastelillos.
—Con miel de maple, por favor.
Con el plato desechable y quebradizo en sus manos, buscó la mejor forma de comer aquello que le habían servido, antes de que empezaran a crecerle estalactitas de hielo bajo sus falanges. Se le ocurrió abrir una caseta de cajero bancario que por obra de Dios se encontraba en aquel lugar tan apartado. Entró en ella y ahí devoró su última adquisición culinaria. Habiéndose calentado un poco dentro del improvisado invernadero, descubrió lo útil que es una tarjeta de débito en casos de emergencia aún sin tener fondos en el banco. Ya no quiso saber más de casas en renta ubicadas tan lejos de las comodidades de un centro turístico y peatonal, como el de Chihuahua. Tomó el autobús de regreso a su hogar, para descansar y planear las siguientes visitas.
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...Sigue...
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